No, Colmadon. Un lugar cerca de la casa para disfrutar un rato.
Por Carlos Ricardo Fondeur Moronta
Villa González, provincia Santiago. Colmado es un término acomodaticio, un dominicanismo que significa espacio lleno de mercancías, dedicado a la venta de cosas al detalle, como son las comidas y artículos usados frecuentemente en el hogar, que hoy se transforma en un conjunto de comercio que incluye bebidas alcohólicas y, en muchos casos, en punto de venta de drogas narcóticas prohibidas citas amorosas y bochinches.
En los siglos pasados su nombre era “pulpería”, que se refería a un local para la venta de pulpas comestibles y bebidas hechas a base de pulpas de maguey, una raíz que se usaba para fermentos por los aborígenes taínos, que, dependiendo de su añejamiento, producía un alcohol que lo asemejaba al vino; sin mucho añejamiento, producía el “mabí”, una bebida áspera refrescante.
En los colmados siempre se venden chancletas, hilos, agujas, alimentos, sazones, refrescos. Todo lo necesario para no tener que agarrar un autobús para ir a la ciudad a comprar pequeñeces. Luego se esparció por los barrios. Todavía, desde hace más de 400 años, la pulpería está ahí, en la esquina. Cada esquina de cada cuadra es un colmado.
Los colmados o pulperías son lugares donde se sazonan los chismes, lo que se comenta en el barrio; quién se mudó del lugar y para dónde, quién se mudó al lugar y de dónde. Una esquina hecha punto estratégico para vigilar dos calles a la vez, que desde la tiranía de Trujillo servía a los organismos de seguridad del Estado Dominicano, sea el inexistente y temible Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y para los calieses que hoy actúan para avisar a las bandas de la presencia de “gente rara” que anda por ahí.
Con el auge de las bandas de música de merengue, salsa, bachata y bolero, el consumo desmesurado de bebidas alcohólicas, como ron, whisky, cerveza, la picadera de frituras, cambiaron las costumbres, las formas de ver la sociedad desde un solo punto de vista, donde el consumo, la algarabía y la dislocada manera de demostrar que uno es dominicano.
Entrábamos si se podía a un local de piso de tierra al que llamábamos ventorrillo, muy parecido al colmado, pero con la diferencia de que allí se expendía anafes, lámparas humeadoras, sillas, esterillas, cinchas y demás enseres para caballos y burros, carbón, boruga, mabí, guineos maduros, la vida. Pero con el ambiente creado por la llegada de regreso a su patria de los dominicanos residentes en Puerto Rico, Estados Unidos, España, en los ochentas y noventas, el estado de cosas iba drásticamente cambiando. Tanto, que a veces uno se pregunta cuál es la diferencia entre colmado y colmadón, aunque se supone, que un colmadón es un local mas grande que el colmado.
La decadencia total de las discotecas, famosas desde los ochentas vino tras la debacle económica de Nueva York que desató el declive incluso del merengue, la opción más cercana a sus necesidades de ocio y bebentinas era tomar una silla de guano o silla india del colmado, comprar una cerveza, un vaso cervecero desechable, inclinar la silla a la pared y “ponme a chiquitita hasta que crezca” se hizo habitual. La habitualidad de los fines de semana obligó a los dueños de colmados a dividir las entradas: Una entrada para compradores, otra para poner las mesas y las sillas y, de haber espacio, una mesa de dominó cuadraba el ambiente.
El dominicano es habilidoso en la búsqueda de placer, de sentirse orgulloso de salir del trabajo y, hasta sin bañarse, irse al colmadón de la esquina a beber ron o cerveza. De aquel lugar se sale de dos formas: por las buenas o por las malas. En algunos lugares se coloca un letrero que reza “No beba ron sin bañarse”. Lo más impertinente es un borracho sin haberse bañado. Los poros de la piel no contribuyen a la emanación natural del alcohol. Los colmaderos no quieren saber de la policía hasta que aparece un borracho sucio y con unas “notas” en la cabeza.
En la Era de Trujillo, dicen en los icónicos barrios capitalinos, que el Rey del Merengue, Joseíto Mateo y otros tantos famosos cantantes merengueros del país frecuentaban los colmados grandes, bien colmados de todo tipo de mercancías, cantaban al aire libre, en plena calle y luego pasaba una joven con un sombrero cual feliz forma de recolectar la ofrenda. Lo hacían otros notables cantantes de la República Dominicana.
Los colmados de San Carlos, Villa Francisca, los del área cercana al Parque Enriquillo, la calle Barahona, los de los alrededores de Radio Televisión Dominicana, Color Visión, por no seguir enumerando los demás, fueron los primeros que insertaron el modo colmado-bar en la República Dominicana, donde pernoctaban luminarias del canto, la música, teatro, funcionarios de los gobiernos y políticos a darse “un jumo” que había que tener siempre un par de hombres fuertes para entrarlos al carro. El dominicano es una cura infinita, una forma extravagante de eludir responsabilidades y tormentos.
Estando yo sentado en el patio interno de Casa Bader, en la calle 16 de Agosto, en las cercanías del antiguo Palacio de Justicia de Santiago de los Caballeros, llegó un vehículo militar. Era el presidente Don Antoniio Guzman Fernández, borracho como una uva, solo, sin escoltas, que se les había escapado de su casa ubicada a escasas cuadras del lugar. Casa Bader no es un colmadón, pero sí el lugar predilecto y mas seguro para tomar cerveza bien fría y comer los mejores quipes de la ciudad. Por eso era frecuentado por los presidentes Guzman y Jorge Blanco, los periodistas del periódico La Información y los abogados que, a solo unos pasos al cruzar la calle, tenían un rincón para que fueran encontrados y no pasara nada.
Los bares de Santiago, que junto a los de Mao eran muladares de cueros y chulos, también eran sala de cirugías debido a los constantes pleitos con chavetas, que es un tipo de navaja hecha a partir de un pedazo de segueta bien alimada que constituía el peligro más visible para quienes no podían escapar y enfrentarse a esos desechos de la sociedad. Había varios tipos de bares, los de mala muerte y los que en realidad eran casas de citas donde sonaba el teléfono para concertar los encuentros sexuales, cuyas voces correspondían a políticos o algún coronel.
Al tomar el mando de la Fiscalía de Santiago el doctor Héctor Grullon Moronta, recién recibido de abogado, dispuso el cierre de casi la totalidad de los bares de mala muerte, como comúnmente los denominaban los periodistas al redactar notas de los pleitos que allí eran comunes. Así, cayeron los bares del Ensanche Ramos, El Topacio, El Rancho Bar, en el barrio Baracoa y La Joya fueron cerrados los bares principales de la zona metropolitana. En el Ensanche Libertad fue clausurada la Barra Deisy, lugar donde fueron asesinados varios personajes muy conocidos en su ambiente.
Luego vino el declive de las discotecas. Ante el aumento del comercio y consumo de estupefacientes, los sucesivos allanamientos, pleitos y las quejas de la ciudadanía, la mayoría de esos centros de diversión que iniciaron como lugares preferidos por la ciudadanía para celebrar sus fiestas de cumpleaños, bodas y juergas, la opción más apreciable, fácil y menos peligrosa lo constituían los colmados, que devino en una forma de reciclaje del colmado y el bar, pero sin mujeres ni cuartos escondidos en el patio.
La tecnología ahora se está reciclando de colmadón a casa-discoteca, donde los muchachos de la casa, al alcanzar cierta edad, adquieren equipos de música que atentan contra la salud espiritual y psíquica de la población, constituye el reto más puntual que las formas de diversión antes enumeradas, ya que los propios padres y vecinos se cohíben de denunciar ante posibles amenazas y daños irreparables, sin contar con una institución profesionalizada ni responsable de la Policía Nacional que ponga coto al mayor peligro que acecha a la población anciana y a la juventud, que encuentra ahí el incentivo para amanecer en las calles consumiendo alcohol y drogas. Ya esto se jodió.
El autor es periodista. Residente en Villa González, provincia de Santiago.
Carlos Ricardo Fondeur Moronta carlosricardofondeurmoronta@gmail.com


