Por Dario Caminero Sánchez

He escuchado a muchas personas referirse a la llamada “ley mordaza” como si fuera una amenaza para la libertad de expresión. Sin embargo, considero que es importante analizar con serenidad qué es realmente lo que se busca regular.

Si la ley mordaza significa evitar que las redes sociales se utilicen para difamar, destruir reputaciones y jugar con la honra de las personas sin fundamento, entonces esa ley la he tenido desde el primer día que ejercí el periodismo.

Si la ley mordaza significa combatir las noticias falsas, las informaciones manipuladas y el sensacionalismo utilizado únicamente para obtener más vistas, más seguidores o más popularidad, entonces también la he practicado durante toda mi carrera profesional.

Si la ley mordaza consiste en exigir que quienes informan lo hagan con veracidad, objetividad, responsabilidad y justicia; si implica verificar los hechos antes de publicar, respetar la dignidad humana y abstenerse de acusar sin pruebas, sea por revancha personal o por conveniencia política, entonces puedo decir que he vivido bajo esa “mordaza” desde que nací, porque esos son principios básicos de convivencia y respeto.

La libertad de expresión es un derecho fundamental y debe ser protegida. Pero la libertad nunca debe confundirse con el libertinaje. Ningún derecho puede servir de excusa para dañar injustamente a otros, fabricar mentiras o destruir la reputación de una persona desde el anonimato o la irresponsabilidad.

El buen periodismo no teme a la verdad, ni a la responsabilidad, ni a la rendición de cuentas. Por el contrario, se fortalece con ellas. La credibilidad se construye cuando la sociedad sabe que detrás de cada información existe un compromiso con los hechos y con la ética.

Por eso, si una legislación contribuye a promover la responsabilidad, la veracidad y el respeto a la dignidad humana, sin vulnerar el derecho legítimo a opinar y expresar ideas, entonces merece ser analizada con objetividad y no únicamente desde consignas o prejuicios.

Porque al final, la mejor credibilidad no nace de la ausencia de normas, sino del compromiso permanente con la verdad.

Darío Caminero Sánchez

(El autor es periodista y escritor y vive en Santo Domingo)

Darío Caminero dacaminero@gmail.com