Por Elías Wessin

El desafío a la autoridad y la rebelión contra la autoridad constituyen, desde la perspectiva bíblica, el pecado por excelencia.

La historia de esta rebelión no comienza en la Tierra, sino en los albores mismos de la creación, cuando Lucifer se levantó en sedición contra DIOS, pretendiendo usurpar un lugar que no le correspondía.

Todo creyente debería conocer esta doctrina desde el inicio de su formación espiritual, porque en ella descansa la comprensión del orden divino, del propósito de la obediencia y de las consecuencias del espíritu de insurrección.

En lo personal, pude comprender con mayor profundidad esta verdad a través de un libro que providencialmente llegó a mis manos: «Autoridad Espiritual, de Watchman Nee». Aquella lectura me permitió discernir aspectos de la vida que antes parecían difíciles de entender.

Por ejemplo, comprendí por qué David fue perdonado después de su gravísimo pecado con Betsabé, mientras Saúl terminó condenado por no esperar al profeta Samuel, quien tenía la autoridad espiritual para bendecir al pueblo.

David pecó contra la _santidad_ de Dios; Saúl, en cambio, violó la _autoridad_ establecida por Dios. Y en la Escritura queda claro que el espíritu de rebelión constituye una afrenta directa al orden divino.

Ese mismo espíritu de rebelión es el que hoy se encuentra a la orden del día en un mundo anegado por corrientes ideológicas “progresistas” que, en muchos aspectos, se han convertido en instrumentos de confrontación contra la civilización cristiana.

No es casual que buena parte de la ingeniería política y cultural contemporánea tenga como referente intelectual a Saul Alinsky, considerado por muchos como una especie de “profeta” de las élites progresistas. Sus métodos de agitación social, confrontación permanente y demolición de las estructuras tradicionales han influido profundamente en movimientos políticos y culturales de Occidente.

Alinsky entiende que para transformar una sociedad había que debilitar sus pilares morales, desacreditar sus autoridades y sembrar un estado constante de conflicto. Por eso, gran parte de la estrategia cultural contemporánea busca ridiculizar la autoridad paterna, erosionar la autoridad espiritual de la Iglesia, relativizar la autoridad moral y convertir toda forma de orden en sospechosa de opresión.

Observamos cómo se intenta destruir sistemáticamente la estructura de autoridad sobre la cual descansa toda sociedad sana: la autoridad en la familia, la autoridad espiritual de la Iglesia, la autoridad moral, la autoridad educativa y hasta la legitimidad de las instituciones democráticas.

Se promueve la idea de que toda autoridad es opresión, que toda disciplina es tiranía y que toda jerarquía debe ser abolida. Pero cuando desaparece la autoridad estructurada, no nace la libertad, nace el caos.

La crisis contemporánea no es solamente política, económica o cultural; es, sobre todo, espiritual. Detrás de muchas agendas de descomposición moral y social subyace el viejo impulso luciferino de desconocer toda autoridad superior a la voluntad humana.

Sin embargo, la historia bíblica también enseña que quienes temen y honran a Dios no serán abandonados. Podrán ser perseguidos, ridiculizados o combatidos, pero finalmente prevalecerán, porque su fundamento no descansa en la soberbia humana, sino en la fidelidad divina.

Los “minions” de Lucifer podrán causar daño a familias, iglesias y naciones que han perdido el temor de Dios, pero no podrán destruir a quienes permanecen firmes en la verdad.

La promesa sigue vigente para los que perseveran en la fe: “Lucharán contra ti, pero no te vencerán».

Porque cuando DIOS respalda a un pueblo, a una familia o a un hombre, ninguna rebelión puede prevalecer definitivamente contra ellos.