Conversaciones con la Diáspora. — Mónika Chico, Artista Visual
por Meliza Ruby Abreu (Melrub), para Diaspora & Development Foundation, EE.UU.
Hay conversaciones que nacen de una entrevista y terminan convirtiéndose en una reflexión sobre la vida. Eso fue lo que ocurrió entre la artista dominicana Mónika Chico y la escritora y gestora cultural Meliza Abreu durante un recorrido por el Norton Museum of Art, en West Palm Beach. Lo que comenzó con un café y una visita a galerías de arte derivó en una profunda exploración sobre migración, vocación, disciplina creativa, independencia femenina y las complejas transformaciones que acompañan la experiencia de la diáspora.
-West Palm Beach, Florida – Estados Unidos
Basada en las notas de ‘Ella’, después de conversar con Mónika Chico.
Pedí que hicieran el café como siempre lo hago, fuerte, sin prisa, y Mónika se sentó frente a mí, y pensé: así hablamos en la diáspora. No en un solo idioma, porque un solo idioma nunca nos alcanzó.
Era sábado en la mañana. Apenas las once. Mónika llegaría desde Miami en el tren Brightline, a West Palm Beach, donde habíamos acordado el encuentro. La recogí en la estación y partimos hacia el Norton Museum of Art (NMA), que se encuentra apenas tres o cuatro minutos de allí. -NMA es una importante institución artística fundada en 1941, conocida por sus colecciones permanentes de arte estadounidense, chino, contemporáneo y europeo, y además de por sus exposiciones y programas públicos.
Al llegar nos registramos para un tour. Y mientras esperábamos su inicio, compartimos en conversación ligera, un cappuccino y un café. Empezamos el descubrimiento de la colección artística, caminando por los jardines del museo, presenciando un espacio lleno de ricas esculturas. De ahí pasamos a las salas de exposición, dando paso a la conversación pautada.
A mi primera pregunta, Monika responde. “Llegué a los diecinueve, veinte, veintiún años.” El número se borra, pero el sentimiento de partida, no. Me cuenta que llegó por la vía legal, por petición familiar. Su madre ya en Estados Unidos esperaba por ella. -La gran paradoja de los procesos migratorios legales es que opta por mantener separada a la familia durante, a pesar de que el trámite está agotando un cauce legal. Estos procesos bien pudieran hacerse sin separar las familias.
A pesar de ello, a Monika le tomó seis años de transición seis años. Media docena de años para acostumbrarse a los Estados Unidos. Seis años de ir y venir, dos y tres veces al año. «Vengo ahora» solía decir, y se iba. Un largo e interminable trecho de seis años para dejar de ser una visitante en su propia decisión.
Yo conozco ese camino. Ella también conoce ese camino. El camino donde te vas cargando todo y nada.
Mientras íbamos conversando, las palabras resonaban en mi como un eco. A veces me escuchaba yo misma. A veces pensaba haber escuchado esa misma experiencia antes. Los caminos de los inmigrantes están todos escritos sobre una misma partitura. Lo único que cambia, son los instrumentos que se escogen para plasmar su melodía.
Una de las cosas que más se me quedó fue que ella no trajo a la artista consigo. Monika, la artista visual, se hizo aquí. Su pasado en República Dominicana se limitaba a estudios en Derecho Civil. Ser artista o corresponder al arte, eran garabatos entre una materia y otra, plasmando bocetos a lápiz. Treinta y cinco dibujos, para ser exactos, me comenta. No eran piezas para nadie, sino el resultado de la mano. Algo natural, gestado por la creativa extremidad. Años después, parte de esa serie colgó en una exposición individual en West Palm Beach. La obra la esperó hasta que ella se convirtiera en la persona que podía mostrarla. «Yo no soy una pieza del rompecabezas que encaja», me expresa. Dejó de tratar de encajar y empezó a convertirse. -Eso me llegó. Porque, ¿cuántas de nosotras cargamos una obra que está esperando que la alcancemos?
Chico nunca tuvo la formación que pudiera suponer el resultado de sus obras. Apenas un par de sesiones de dibujo al carboncillo con un maestro en un monasterio histórico cerca de North Miami fue suficiente. Eso fue todo. Ninguna academia formal. Ninguna escuela que le dictara el trazo o la relación entre el lienzo y el instrumento. Su talento y expresión se sostiene sobre otra cosa: la disciplina. Nunca se ha apoyado en mantras. No las ejercita.
Monika tiene una pregunta implacable que se hace cada día: ¿cómo elevo la calidad de mi obra? Esa pregunta es su ritual, incluso para ella, más que el café. Aunque el café, se ríe y me comenta, “es innegociable. Sin café no hay conversación, no hay concentración, no hay plan”. -Cuentan los sabios que la humanidad sale del oscurantismo, cuando descubre la cafeína. Quiero creer que, en cierto modo, ese fue el punto de partida de la creatividad e ingenio artístico.
La conversación ya había pasado de la retórica que portan los intercambios sobre migración, Ahora éramos dos artistas, femeninas, alineadas en espíritu y visión, conversando sobre la complejidad que nos define. Entramos en un intercambio sobre ser mujer y sobre dinero, y de inmediato su voz cambió. El rostro de Monika se reflejó seriedad, entrando de lleno en su preocupación por la independencia económica de cada mujer. No como un tema regional, dijo, sino universal. Una mujer que puede sostenerse a sí misma; puede proteger su mente, su cuerpo y su paz. Cerró sus pensares al respecto, diciendo algo que quiero bordar en un lienzo: rechaza la palabra «emprendedor» cuando solo sea proyectada como postura. Cuando solo una etiqueta que la gente te ponga. «Para ser, hay que hacer.» Para ser, hay que hacer. El hacer es el ser. Todo lo demás es decoración, fue la reflexión que recibí. -Lo anoté dos veces.
El mediodía ya había quebrado el encuentro, cuando la filosofía penetró la conversación. La perita dominicana me reseña la importancia del tiempo de secado, y la entendí por completo. Cuando la pintura está fresca no puedes apurarla. Te obliga a parar, a mirar cómo cambia el lienzo, a confrontarte contigo misma mientras esperas. Para alguien que vive en movimiento, la pausa es difícil. Pero el cuajo alimenta la obra. La pieza crece mientras te quedas quieta. ¿Cuántas verdades son así?, cosas que solo concluyen cuando dejamos de tocarlas?
Seguimos en tema. ¿Y la validación, de dónde viene? No de las exposiciones colectivas, dijo. Ni del networking, ni de copiar lo que hacen los demás. Viene de colocarte frente al lienzo en blanco, trazar una línea y reconocer el poder de lo que acabas de crear. Ese parto creativo, es el alimento. Esa es la identidad. Nadie te la puede dar y nadie te la puede quitar. Ambas reflexionamos y dimos paso al silencio. Había que disfrutar las obras que estaban en las salas del Norton Museum of Art.
Esos momentos de silencio, de pocas palabras y de sutil deslizamiento por los espacios abiertos del gran museo crearon momentos a los que sigo regresando. Monika conversó sobre los años de ser la buena hija y hermana. Esos donde cumplir por el compromiso que te dicta el agradecimiento, no podían ser una carga de vida. Pensar que moralmente no le debía nada a nadie, cede una libertad acompañada de permiso. El beneplácito para elegir tu propia vida. Algo que deliberación, nadie le entregó. Sino que, se lo dio a sí misma.
Es una lucha que lleva muy dentro, y que siente por el resto de las mujeres del mundo. Le dio vueltas a ese tema toda la tarde. ¿Cuántas mujeres están esperando un permiso que solo ellas pueden firmar?, me expresaba. Y me identifiqué.
El intercambio que pensé tener con la dominicana que convoqué West Palm Beach, no terminó por ser una conversación sobre arte. Incluso, ni su experiencia como inmigrante. Fue sobre el llegar a ‘ser’. El trabajo lento de ese trayecto. Uno ausente de glamour, cotidiano, capaz de convertirte en parte de un país que, aunque no es el tuyo, optaste porque lo fuera. Mónika no solo respondió mis preguntas; me entregó frases que llevaré a mi propio estudio.
Gracias, Mónika. Por la honestidad, por las verdades que saben a café, por recordarle a Ella y a mí que, para ser, hay que hacer.
Ella, en el diario. Por By Melrub.
Rodolfo R. Pou rrpoum@gmail.com





